LEYENDA DEL CABALLO DE
UCERO
No es infrecuente que
los viejos castros guerreros y los espacios aureolados por leyendas
religiosas suministren historias referidas a caballos de oro. Se
trata de équidos de tamaño natural enterrados bajo ermitas o al pie
de árboles centenarios -generalmente olmos- a cuya sombra ofrendaban
los celtíberos a los dioses. Como digo, estas historias, aparecen
por doquier. A veces el caballo se trueca en toro o incluso en
jabalí.
Hace años tuve
oportunidad de escuchar junto a un grupo de compañeros uno de estos
relatos en la taberna-panadería de Ucero por cuyo término se
extiende el cañón de río Lobos. A ambos lados del cañón, sobrevolado
de continuo por una inmensa colonia de buitres, se abren cuevas
kilométricas y sinuosas que sirven para la práctica de explotaciones
espeleológicas. En tal condición estábamos allí reponiendo fuerzas,
tras topografiar la cueva de San Bartolomé, Víctor, el
tabernero-panadero, un hombre corpulento con el rostro levemente
enrojecido, se acercó a nuestra mesa. En ese momento, al final de la
noche, la taberna se había quedado sin clientes. Sobre la mesa de
madera reposaban los planos extendidos.
-Y todo esto -dijo
señalando los planos- ¿para qué?
Le explicamos que
aquellos planos se depositaban en la Federación de Espeleología y,
además de censar una cueva, servirían para orientarse a los que
posteriormente quisieran explorarla.
-Cuando estáis abajo ¿no
tenéis miedo?.
Nos echamos a reír.
Llevábamos exploradas muchas cuevas y nunca tuvimos percances
mayores.
-Aquí la gente no es
amiga de las cuevas. Si una oveja se cae en una sima se la deja
morir; nadie se arriesga a sacarla. La gente tiene miedo.
-¿Y eso? -preguntamos.
Miró a izquierda y
derecha con inquietud, como si temiera algo, acercó un banquete y
comenzó a contar esta historia.
-Siendo yo un niño vivía
en Ucero un pastor llamado Carmelo. Era un hombre soltero, algo
misterioso y soñador, aficionado a sacar notas de una flauta que él
mismo se había construido. Entonces se decía que en la cueva de La
Galiana había un caballo de oro; en La Galiana baja, la que
desemboca en el río. Pues bien, Carmelo decidió un día entrar en la
cueva. Nadie hasta entonces se había atrevido. Llevaba un cirio de
iglesia para alumbrarse. Otros dos pastores que tenían su rebaño por
allí se quedaron en la boca, aguardándole. pasaron los primeros
minutos con inquietud, pero a los minutos se sucedieron las horas
con alarma y Carmelo no salía. Los de fuera vocearon su nombre con
desesperación sin encontrar respuestas a sus llamadas. Antes de que
la noche se echara encima, vinieron al pueblo a guardar los rebaños
y a dar cuenta de lo ocurrido. El pueblo acudió hasta la boca de la
cueva. Algunos jóvenes entraron unos metros, gritaron su nombre,
pero nadie respondía y, desesperanzados, volvieron a casa. Cinco
días más tarde, cuando se tenía por cierta la muerte de Carmelo, nos
lo trajo una tarde el coche de línea.
-Pero, ¿dónde has
estado? -le preguntó la gente al verle bajar.
Parecía que quería
hablar con los ojos, pero la lengua se le había paralizado. No
volvió a articular palabra. Apenas si sabía escribir, pero supimos
que un caballo de oro le había llevado a galope por pasadizos y
galerías subterráneas, hasta un monasterio que dicen de San Pedro de
Arlanza, en la provincia de Burgos, donde, por otra cueva, salió a
la superficie tras tirarse del caballo; desde Covarrubias viajó
hasta Soria y desde Soria vino aquí; siempre de prestado porque no
llevaba dinero encima. No volvió con el rebaño. Desde entonces vivió
apresado por una congoja y apenas salía de casa; al pasar por su
puerta se oían dentro las notas de su flauta con la que siempre
tocaba melodías lastimeras que encogían el corazón.
Las pocas veces que los
chicos nos topábamos con él, le preguntábamos:
-Carmelo, el caballo que
te llevó por la cueva, ¿era de oro macizo?
Y él, que ya parecía un
ánima en tránsito hacía otro mundo, bajaba tristón los ojos e
inclinaba la cabeza en señal de asentimiento. Unos meses más tarde
le dimos tierra en el cementerio. ¿Os dais cuenta ahora por qué la
gente de Ucero le tiene respeto a las cuevas? -nos preguntó Víctor.
-¿Y no les atrae la
posibilidad de adueñarse de ese caballo de oro? -preguntamos al
tabernero.
-Si estuviera domado,
todavía, pero siendo tan indómito es una temeridad. Prefiero ser un
panadero vivo antes que un jinete muerto.
Y se echó a reír.
En nuestro deambular por
las cuevas nunca nos topamos con caballos áureos ni argénteos ni de
pura sangre. Los únicos bichos que revoloteaban entre las
estalactitas y estalagmitas eran los murciélagos. pero, tras
escuchar el relato de Víctor, por temor a ser víctimas de un suceso
con final tráfico como el del pastor, repentinamente nos embargó el
miedo y decidimos disolver el grupo de espeleología y dedicar los
fines de semana al senderismo de montaña, que apenas si encierra
peligros.
Ignacio Sanz
Escritor segoviano
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